Adictos al arte

Cuando hablamos de arte parece que buscamos continuamente que nuestros oyentes nos entiendan y, hasta cierto punto, nos perdonen esta absurda dedicación a algo que aparentemente no tiene nada que ver con la vida real. Para muchos el arte, y sobre tod o, el arte actual es un simple objeto especulativo en el mejor de los casos. Porque es también un auténtico absurdo, algo incomprensible y, por supuesto, tonterías. Una sarta de estupideces que gente, por lo general joven, hace para llamar la atención.

Pero hay un error en todo esto, un error básico que hace absurdo intentar desmentir otros errores (no son jóvenes en su gran mayoría, no son estupideces, no es la especulación el objetivo…). El arte es un espejo, a veces un espejo brutal, en el que todos nos miramos aunque muchos no quieran verse.

Arte moderno de personas

Muy pocas veces en la historia de la cultura el arte de una época esta tan directamente relacionado con lo que vive, siente y hace la gente de esa misma época. Y no me refiero sólo a los artistas que se apoyan en la actualidad para construir sus obras, críticas, analíticas, esclarecedoras (ver la entrevista con Martha Rosler), sino a otros que viven aparentemente de espaldas a casi todo, vueltos hacia su propio ombligo que, curiosamente es también el ombligo de todos. Que es mi ombligo.

El arte actual, el que se hace ahora para nosotros y tal vez para que alguien dentro de mucho tiempo pueda vernos y comprendernos entre los resquicios que la historiografía deje, está hecho de fragmentos de todos nosotros; sus materiales no son el óleo, ni siquiera el papel fotográfico, sino los sentimientos, la memoria y la piel de cada uno de los que vivimos y vemos a nuestro alrededor y dentro de nosotros mismos. Cuando Andres Serrano dejó de pintar y empezó a hacer fotografía su razonamiento fue tan simple como decir que nunca podría pintar la sangre con tanta realidad y rapidez como con la fotografía. Directo al corazón.

Nan Goldin. Nan with Brian in Bed, NYC, 1983.

En 1986 pude ver la primera exposición de Nan Goldin en el antiguo Jeu de Paume en París. En aquel entonces nunca en España se habían visto imágenes así, sucias, mal iluminadas, borrosas, increíbles.

Su Balada de la dependencia sexual , un modestísimo montaje de proyecciones de diapositivas con música, hacía llorar a un público que no esperaba para nada ese choque íntimo y brutal en las salas de un museo. Dieciocho años después muchos de los personajes que aparecen en su obra han muerto. Todos somos mucho más viejos y tenemos muchas más cicatrices, de todo tipo, en nuestra piel.

Pero nuevamente, en la misma sala del Jeu de Paume, 18 años después, he visto la Balada …y nuevamente he visto cómo un público diferente, nuevo, ha sentido, sujetándose las lágrimas, como yo misma, frente a una obra de arte que habla solamente de nosotros.

Arte moderno muy colorido

 

Una obra de arte mal iluminada, borrosa, hecha del material con que la vida nos envuelve, con la música de cada día. Una obra de arte de hoy, un documento para siempre. Seguimos adictos a las sensaciones fuertes. Adictos al arte.

Muchos museos, pocos museos, ningún museo

Llevamos mucho tiempo hablando de museos como si fuera una enfermedad contagiosa y nos olvidamos de que en España hay una rica tradición museológica que ha instaurado la institución del Museo de Bellas Artes prácticamente en cada una de las capitales de provincias españolas, eso sin contar con las decenas de museos arqueológicos que recogen una riqueza patrimonial actualmente poco valorada pero que por suerte tienen una estructura ya asentada y difícil de desbaratar, a pesar de la falta de presupuestos y de espacios mediáticos para todo lo que no sean nuevos museos.

En esta línea es lógico que todas las autonomías, que todas las ciudades con una cierta estructura cultural o ambición de tenerla, quieran un museo de arte contemporáneo. Son, de alguna forma, el paso siguiente al museo de bellas artes del siglo XIX. Otra cosa es que todos estos museos sean clónicos.

Algo parecido sucede en Alemania, por ejemplo, donde los museos, kunsthallesy kunstvereins proliferan saludablemente.

Pienso que el problema no es que haya muchos museos, lo que sería una buena señal de salud cultural; el problema es que haya pocos museos y la tragedia es que no haya ningún museo.

un museo de esculturas

La tragedia se centra en Madrid, no en la capital del estado, sino en la Comunidad de Madrid en la que no hay un sólo museo de arte contemporáneo fuera de la capital. En Castilla-León, por ejemplo, tenemos desde el  en Valladolid, hasta el inminente MUSAC en León o el Esteban Vicente en Segovia, por citar sólo los más destacados; en Castilla-La Mancha, hay menos pero está el de Arte Abstracto de Cuenca. Hasta en Extremadura tienen un MEIAC que sobrevive, aunque sea milagrosamente, y en un futuro próximo el centro que albergará la colección De Alvear de arte contemporáneo.

No vamos a hablar ni de Cataluña, Galicia, Valencia o País Vasco, ni siquiera Andalucía, donde tampoco viven una situación boyante. Pero en Madrid, con ciudades como Alcobendas, Getafe, Alcalá de Henares, Móstoles, Chinchón, Alcorcón… que en muchos casos tienen más habitantes que San Sebastián, Bilbao o Vitoria, más que en Santiago de Compostela o Vigo, no existe ni un sólo centro donde llevarse al ojo ni una sola exposición de arte actual. A lo sumo alguna casa de cultura que combina una programación de intenciones posibilistas con las obligaciones y sumisiones políticas habituales.

El museo Musac

Se puede decir que sí, que en Madrid están los grandes museos como el Prado, el Thyssen, el Reina Sofía, incluso el Museo Municipal de Madrid… Sí, pero todos los cientos de miles de habitantes de la comunidad no tienen la posibilidad de ver nada en los lugares donde viven. Allí tienen sus casas, su trabajo en cada vez más ocasiones, los colegios de los niños, los hospitales, los grandes supermercados, centros comerciales con cines donde ver las mismas películas que en la capital, son en definitiva ciudadanos que, como los habitantes de otras ciudades españolas, no tienen que venir a Madrid prácticamente para nada porque allí donde viven tienen todo lo que necesitan.

Igual que los que viven en Bilbao o en Castellón, sólo que si les interesa el arte contemporáneo no tienen ni galerías privadas ni centros expositivos, ni instituciones públicas en las que ver nada de lo que es una parte esencial en la cultura contemporánea. Pueden estar al día en cine, en música, leer lo último, vestir de diseño, decorar sus casas como si vivieran en Oslo, sus hijos estudian en colegios bilingües y en las clínicas y hospitales de su ciudad se practican los más modernos métodos de asistencia, cenan en restaurantes japoneses, mexicanos, tailandeses, cubanos… pero el arte contemporáneo es ajeno a sus vidas. Sólo los más intrépidos, aquellos realmente interesados bajarán los domingos a Madrid para hacer cola en el Reina Sofía o en el Thyssen.